Adopción a la ‘medida’, una barrera que impide amar en el Ecuador
Las adopciones de menores con discapacidad se dan como contadas excepciones en el país. Foto: Prisilla Jácome

Todos los niños nacen con un ángel. Uno que los cuida, que vela por ellos y que procura que en el mundo todo se alinee de tal forma para que ellos puedan tener una vida feliz y plena. En el ideal de los casos, se esfuerzan para que todos nazcan deseados, vivan felices, crezcan amados y, sobre todo, en medio de una familia que los quiera incondicionalmente; pero Carolina (7), Antonio (6), Luis Fernando (3) y Marcos (2) tienen a su ángel dormido.

Los cuatro, con días o meses de nacidos, llegaron al Hogar Tadeo Torres por distintos motivos. Abandono y negligencia figuran principalmente en cada uno de los expedientes que guarda con confidencialidad esta casa de acogida en Cuenca que los ha visto crecer. Niños con vidas distintas, pero todos cruzados por un elemento común, su condición de adoptabilidad.

En esta misma situación legal se halla Ana Luisa (1), pero ella, a diferencia de sus compañeros, es una niña sana. Carolina, Antonio, Luis Fernando y Marcos, por su parte, tienen a su haber una lista de condiciones que van desde discapacidad física e intelectual y retraso del desarrollo, hasta síndrome de alcohólico fetal y agenesia del cuerpo calloso. Aunque los cuatro tienen más tiempo de ‘espera’ que Ana Luisa, ella, con tan solo un año, está a poco de conseguir el amor y el hogar que ellos también aspiran.

En las casas de acogida, los especialistas se encargan del cuidado completo de los menores que están a la espera de ser adoptados. Foto: Prisilla Jácome

“Cuando tenemos familias (en espera) y es un niño sano, el proceso (de adopción) es rápido. El problema es cuando hay niños con discapacidad porque tenemos, por ejemplo, 15 familias en espera pero no tenemos el perfil (de ellas) para los niños que hay (con declaratoria de adoptabilidad)”, comenta Ximena Betancourt, trabajadora social del orfanato. Con ‘perfiles’ la especialista hace referencia a las características específicas que las familias adoptantes esperan de un pequeño. No padecer alguna enfermedad suele ser con frecuencia la característica principal que deben cumplir los niños para ser considerados en una postulación.

Acorde con las cifras expuestas en el Informe de Adopciones de diciembre de 2018, del Ministerio de Inclusión Económica Social (MIES), existen 77 familias a la espera de que el Comité de Asignación Familiar (CAF) les conceda un nuevo integrante para su hogar. De ellas, 42 aspirantes quieren menores sanos y 35, niños que estén estables o con un estado de salud “corregible”; ninguno que no tenga definido su estado de salud o alguna discapacidad. Solamente con este filtro, Carolina, Antonio, Luis Fernando y Marcos no serían considerados.

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A la lozanía se suma la edad. El 44% de los solicitantes esperan infantes de 0 a 4 años, el 26%, menores de hasta 5 años, el 18%, niños que no superen los 6, 7 u 8 años y tan solo el 11%, menores de entre 9 y 15 años. En las peticiones no se consideran jóvenes de entre 16 hasta 18 años. En la lista de requerimientos, además, se adhiere la condición de “solo”. En el 82% de los casos, los aspirantes buscan a un niño o niña exclusivamente, mientras que únicamente el 18% considera adoptar a un grupo de hermanos. Ana Luisa, con un año, saludable y sin ningún lazo de hermandad más que los vínculos que ha podido crear en este centro, es el perfil perfecto.

Realidad, un cable a tierra

“En Ecuador, la mayoría de los niños que hoy están listos para ser adoptados son mayores de 5 años y pertenecen a un grupo de hermanos o tienen alguna situación de salud que requiere cuidado especiales. Entonces, si yo opto por efectuar una adopción de estos niños que están listos para un proceso de adopción, el proceso es más ágil y podrá cumplir tiempos establecidos”, explica Indira Urgilés, directora de adopciones del MIES. “Si yo espero y tengo expectativas de un niño que no está apto para adoptar, el tiempo de espera va a ser mayor a que cuando hay un niño ya con un perfil declarado para ser adoptable. En ese caso, el tiempo de espera va a irse dilatando”, añade.

La espera excesiva en casos de adopciones surge, entonces, como resultado de peticiones de niños cuyo perfil no compagina con los ansiosos padres solicitantes. El registro del MIES indica que existen 224 niñas, niños y adolescentes que se encuentran en aptitud legal para ser adoptados. De ellos, el 6% (14) tiene entre 0 a 4 años, el 30% (68) posee entre 5 y 9; el 42% (96) registra de 10 a 15 años y el 20% (46) de 16 a 18.

A la distribución se suma que únicamente 76 menores (34%) son ‘solos’, mientras que 133 (59%) son parte de un grupo de hermanos. Al restante 7% aún no se le puede determinar lazos sanguíneos. Pero la complicación no radica que tengan un familiar sanguíneo directo, sino que el Estado prioriza no separarlos a menos que sea estrictamente necesario y que resulte conveniente para ellos.

Una barrera más por saltar surge cuando se conoce que tan solo el 65% está en la categoría que los considera ‘sanos’; el resto tiene alguna discapacidad (22%), posee una enfermedad que necesita cuidado (9%); que requiere valoración o está siendo examinado (4%).

Unidas las condiciones, surgen casos complejos. Un niño puede tener el rango de edad que el postulante desea, podría ser sano pero tener uno o más hermanos; otro podría estar solo, tener 7 años y tener discapacidad; alguno, simplemente ser bebé, pero tener hermano y alguna enfermedad grave. Y así, una gran infinidad de combinaciones.

En Cuenca, donde en enero pasado se registraron las dos únicas adopciones en todo el país durante dicho mes, la Fundación Organización de Servicios para el Socorro de los Orfanatos (OSSO) abraza a aquellos cuyas ‘combinaciones’ los condenaron a escasas alternativas de adopción.

En la Fundación OSSO, los niños son cuidados por especialistas y voluntarios extranjeros que los distraen con distintas actividades, como las de arte. Foto: Prisilla Jácome

Esta entidad de beneficencia, hoy, es el hogar de veintidós jóvenes con discapacidad de los cuales tan solo dos están en edad de ser adoptados. A los restantes, el tiempo y la falta de empatía les hizo caducar sus declaratorias de adoptabilidad. Para ellos, cumplir la mayoría de edad no fue sinónimo de independencia, sino más bien la firma que selló la relación fraternal que tienen con el hogar que con amor les abrió las puertas en su infancia. Y con la que estarán agradecidos hasta el final de sus días.

“Nuestros niños al ser abandonados y tener discapacidades severas tienen escasas probabilidades de reinserción en sus familias biológicas o de ser adoptados, por eso sabemos que prácticamente permanecerán con nosotros durante toda su vida”, reza la red social oficial de la fundación que inició sus operaciones en 2007 y que actualmente puede mantener su labor gracias a alianzas gubernamentales, programas de voluntariado y donaciones.

Laura Zumba, coordinadora del proyecto Los pequeñitos de OSSO, asegura que el mayor obstáculo radica en que los menores que acogen tienen, en algunos casos, hasta seis distintos tipos de padecimientos, lo que reduce al mínimo sus posibilidades de adoptabilidad. Si bien ha comprobado estas probabilidades con desazón, no pierde las esperanzas, pues cree que aún pueda existir un caso como la última adopción que registró la institución, en 2010.

Mientras la sociedad aún no se da cuenta del amor que se pierde en aquellos niños que son reducidos a nombres de enfermedades, la directora de adopciones del MIES lucha contra los prejuicios de los ecuatorianos. “Necesitamos visualizar más a los niños, niñas y adolescentes como lo que son, seres humanos. No discriminarlos por su edad, su condición de salud. Necesitamos ser una sociedad más inclusiva que festeje los logros de la niñez que tiene discapacidades”, afirma Urgilés con un énfasis que deja entrever un atisbo de impotencia que le provoca la realidad.

En Ecuador anida una clara voluntad ‘adoptiva’ que no abraza la realidad. Los aspirantes desean ansiosos a un niño o una niña, pero no a cualquiera. Buscan a uno que encaje en una utopía, uno que cumpla con una lista de deseos, casi como carta a Santa. Lo cierto es que los pequeños que están a la espera no conocen de limitantes, de sentimientos encasillados, de amor condicionado. Así son Carolina, Antonio, Luis Fernando y Marcos, incondicionales. Por ello rezan a diario para que su ángel despierte y se ponga en la ardua tarea de encontrarles una familia que sepa de verdadero amor. (I)